Tomato is Another Day (1930) es una película de James Sibley Watson Jr. y Alec Wilder que funciona entre la burla y la vanguardia. Se trata de un experimento de seis minutos cuyo principal objetivo es evidenciar la ridiculez de las primeras películas habladas de Hollywood, en las que los diálogos se limitaban a describir lo que ya estábamos viendo.
Los tres protagonistas del filme —una mujer, su amante y su marido— parecen autómatas programados para explicar todos sus movimientos. La trama es tan ridícula y básica como los diálogos; el triángulo amoroso más tópico posible. Esta combinación de elementos insustanciales característica del cine comercial da lugar a una parodia de tintes dadaistas que en su momento fue un fracaso estrepitoso. Se proyectó durante una sola noche en un cine de Boston, y el público la despreció hasta tal punto que Watson intentó hacerla desaparecer.
No está muy claro si los directores pretendían criticar una manera de hacer cine excesivamente literal o si pensaban que todo el cine hablado era un artificio técnico innecesario, en cualquier caso, ofrecen una sátira inteligente de la verborrea redundante del cine más convencional. No olvidemos que han pasado más de 85 años desde la producción de esta película, y su crítica sigue siendo aplicable a gran parte del cine contemporáneo.
No obstante, Tomato is Another Day no se queda en la mera tautología de los diálogos superfluos, las líneas que recitan los actores terminan derivando hacia el sinsentido absoluto: «Yo ropa interior mi camisa es», dice el amante, a lo que el marido responde con las mismas palabras, como si el abuso de un lenguaje obvio, vacío y reiterativo estuviese destinado a convertirse en un ruido que fragmenta la estructura lingüística, el discurso y la comunicación misma.
En la película no hay prácticamente ningún ruido más allá del generado por el habla. No hay música, y los pocos efectos sonoros presentes resultan tan exagerados como los diálogos. Sin embargo, la trama no se cierra con ningún diálogo, sino con el sonido de tres disparos, el primero sobre negro y los otros dos sobre el clásico The End final, subrayando la idea de que los diálogos excesivos solo pueden llevar a la pérdida del sentido.